sábado, 5 de septiembre de 2009

Nada que ver con Cortázar

El primer sueño ocurrió, por así decirlo, el jueves por la tarde. Renata vio a la chica –rubia artificial, ropa de pésimo gusto– arrojando su café en la cara del novio; toda la cafetería estalló en carcajadas. Renata recordó de golpe que en la noche del miércoles soñó todo el asunto. El novio tenía otras tres novias y la chica oxigenada se enteró ese día. El resultado: gran enojo y café caliente en la cara.

Renata no solía recordar sus sueños. Tenía dos o tres pesadillas al mes y esos eran los únicos sueños que recordaba. Después del accidente notó que sus sueños ahora predecían el futuro. Por lo regular soñaba cosas irrelevantes sobre personas que no conocía: una señora pisando un charco, un zapatero con gripa, dos compañeros de clase que se amaban en secreto y el asunto de los novios en la cafetería.

Todo se complicó cuando Renata empezó a soñar con su familia. Por lo regular se trataba de su madre cocinando o su hermano mayor manejando irresponsablemente. Un día, algo así como un mes después del café en el rostro, Renata soñó con su madre llorando. Al día siguiente, su hermano llorando en su cuarto por algo que Renata había hecho. En toda la semana siguieron esos sueños con toda su familia, como si les hubiera hecho algo terrible.

Las pesadillas ocurrieron por tres semanas más y Renata se atormentaba a todas horas porque temía causar tanto sufrimiento a su familia. Después de dos meses de sueños recurrentes, Renata escapó de su casa. Sólo dejo una nota muy breve que realmente no explicaba por qué se fue. Ella nunca supo que su huida causó cantidades enormes de sufrimiento a su familia y que el destino tiene modos muy extraños de realizar sus designios.

domingo, 30 de agosto de 2009

Una descripción

Los veo. Él mira hacia el suelo con esos ojos que no me pertenecen. Ella lo ignora y lo obliga a mirar hacia el suelo, cuando sus ojos pertenecen a algún mundo lejano. Él se siente suyo pero ella no lo sabe. Ambos tomarían sus manos y se alejarían sonriendo, pero ella esta dispersa y él quiere protegerse, aunque no sabe de qué. Yo quiero abrazarlo para que me mire con esos ojos que no son míos y me agradezca un poco, aunque no me lo diga. Pero me mantengo a la distancia.

Él muere por entenderla. El problema es que cree que el significado está más allá de las palabras, así que no cree tener la capacidad de entender lo que quiere decir cuando ella se evade. Él debería leer sus ojos, pero no siempre se atreve. Se acerca un poco y ella no lo nota, así que retrocede como un caracol a su concha y no saldrá de ahí en mucho tiempo. Es un cobarde que quiere dejar de serlo.


Ella sabe lo que tiene entre sus manos. Lo admirable es que aguante los cambios súbitos de humor. Ella sonríe, pero no para él. Yo sé que eso lo mata y se siente culpable por lo que siente. Tal vez no debería, pero cuando algo malo pasa, lo único que sabe hacer es retroceder y esconderse. En el fondo muere por besarla y decirle que la ama, pero en este momento está escondido. Tomaría la eternidad o el deseo más fuerte de su espíritu sacarlo de su refugio. Creo que sólo ella sabe cómo hacerlo salir de su escondite, pero no lo hará hasta que estén solos.

–Lucía S.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Incendios colectivos

Respiración e ntr e cor ta da,
todo el cuerpo dormido,
débil por sus manos;
entregado por sus manos,
y tomado por sus manos.

Tomé su cintura
para sostenerme,
aunque tenía suficiente fuerza.
Sus manos eran labios
y sus ojos ríos de agua fresca
cuando temblé de calor
por su mirada enrojecida.

Afuera el mundo enloquecía.
Detrás de la puerta había miedo,
locura y mentadas de madre;
madres y abortos;
protestas y lloriqueos;
patadas en la puerta;
novias indigestas;
incendios colectivos;
desiertos privados;
fuegos nocturnos
cubiertos de cielo;
fuego, ese incendio
que respiramos.

Yo temblaba,
perdido en sus manos.
Dentro de un cuarto
intocable
respiraba a través de ella;
completé mis ojos
a través de ella.
Nada importa
más que el momento,
un mínimo instante,
cuando el mundo se redujo
a sus manos.

lunes, 17 de agosto de 2009

Tango/paredes invisibles

Do not show them who you trully are.
Who would want honesty?

-Between the buried and me - White Walls


Él sentirá
el imperante
deseo
de besar
su cuello.

Se acercará
violentamente
y la tomará
por la espalda
con aparente
firmeza
pero ternura.

Ella enlazará
su pierna
izquierda
cubierta
de vestido
púrpura;
altiva,
alzará la mirada;
expondrá su cuello
y se alejará.

Ella deseará
los labios
en los labios
o los labios
en el cuello,
pero sólo baila;
no puede mostrarse.

Ambos desearán
tomarse
violentamente;
con la turbulencia
propia del romance
de acordeón,
pero sólo bailarán.
No pueden mostrarse.

jueves, 13 de agosto de 2009

Prioridades

como el deslumbramiento de las alas,
cuando se abren a la mitad del cielo

Octavio Paz - Piedra de Sol

Una necesidad: Ariadna toma el vaso entre sus manos, pero no bebe. El agua con hielos no la defiende del calor, así que no se decide. Quisiera una llamada, pero tampoco tiene ganas de hablar; no sabría qué decir. Entonces mira la pared verde de su cuarto, sentada en su escritorio, piernas cruzadas bajo la falda verde; fuego en las manos, ventana abierta, pensamiento grisáceo. Ariadna no bebe y no fija su flujo de pensamiento en algo concreto. Mira atentamente el ritual de apareamiento de las moscas, pero no piensa en él; sus ojos café claro ven, pero ella no piensa en la pared ni en las moscas ni el apareamiento ni el fuego en las manos.

Hace dos horas: fuego en las manos; el doctor detrás de su escritorio-verde-opaco-gris-maltratado mirando atentamente la pantalla de su computadora. El reflejo del monitor en sus lentes enormes impide ver sus ojos. Todo es verde y Ariadna siente el fuego en sus manos, ardiendo sin quemar; destruyendo sin consumir. El diagnóstico es poco favorable: tres meses, cuando mucho. Las manos son un incendio que se alimenta a sí mismo; Ariadna no tiembla, sino que asiente las recomendaciones y guarda silencio, pero siente el fuego.

Mañana: comenzarán los dolores y Ariadna tratará de controlarse. En la escuela estará ausente como en el apareamiento de las moscas. Se quebrará en su casa y llorará kilómetros de angustia. Su cama será un barco. Las piernas temblarán bajo su falda café. No podrá controlarse. No volverá a la escuela. No se despedirá de nadie.

Dos semanas después: tomará su carro, vaciará su cuenta bancaria, manejará hasta Veracruz, regalará lo que sobre del dinero a la primera persona que encuentre, esperará hasta la madrugada, pero el dolor no la dejará caminar; las piernas temblarán bajo la misma falda verde, Ariadna respirará por última vez a las 3:47 de la madrugada, justo antes de estrellar su carro a ciento-veinte contra una pared. Su último pensamiento será: Gracias.

sábado, 8 de agosto de 2009

Fragmento del diario de Lucía S.

4 de agosto del 2008

Sigo aburrida. Ayer tomé café con Leonora y me habló de su obsesión de siempre. Luego me harté y le hice ojitos a un chico que estaba cerca. No me hizo caso. Igual sólo le hice ojitos porque estaba aburrida. Estoy muy aburrida. O sea, es linda, pero siempre habla de lo mismo: cómo se siente sola desde que el novio la dejó. Hace siete años.

O sea, siete años. Sí, siete. Y ella no lo supera; él sí.

Ayer soñé que Leonora y yo no éramos hermanas y papá nos llevaba a una colina enorme con nieve y nos compraba un trineo para deslizarnos. La colina era muy grande; el trineo tardaba horas en llegar de arriba hasta abajo, así que Leonora y yo veíamos la tele del trineo y yo recargaba mi cabeza sobre su estómago, pero ella me decía que me quitara; yo le decía que no y así seguíamos por horas. Reí mucho.

Hoy vi a José Luis y le conté cómo Leonora se la vive hablando sobre él. Él sólo bromeó al respecto y cambió de tema. Le compré un libro que le gustó y él me compró helado. Me acordé de muchas cosas como cuando Leonora le compraba cosas para que no la dejara y se la pasaban peleando. Pero después me alegré. Bailamos en medio del parque y cuando me trajo a mi casa, me cargó hasta mi cuarto. Reí mucho.

Ahora estoy aburrida de nuevo.

jueves, 6 de agosto de 2009

Entresueño

Mi cerebro era un cuarto
azul.
Frío.
Distante,
pero acogedor.

Un hombre
con camisa
y saco
y lentes
y actitud pretenciosa,
estudiaba dentro de mi cerebro.

Quería tomar
un poco de mi corteza
cerebral,
donde se almacenan
los recuerdos,
con una cuchara
para helados.

Pero no podía
tomar mis recuerdos:
el suelo [la corteza]
se convertía
en un libro enorme
con páginas en blanco.
Él sólo cambiaba
las páginas
sin poder leerlas.

Yo sonreía
en el entresueño.