jueves, 4 de agosto de 2011

Inerciático

¿Objetividad? Lo que sobra es objetividad. Sobra esa respiración recursiva, con su vaho sofocante, su olor; el olor de la saliva. Sobra objetividad, esa fría recolección de eventos, datos, colores que han perdido su brillo. El recuerdo es una mancha gris. Sí recuerdo, pero como una mancha gris. Como esa mirada cubierta de desinterés. Y nada que decir, porque la mirada no tiene en el fondo más que ese vaho desinteresado, gris; esa objetividad que siempre está de más.

Y para qué. Para qué apagar el incendio. Para qué detener la marcha, esa inercia desquiciada; esa inercia que perdió su carril hace tanto tiempo. Para qué apagar el incendio. Y qué decir de este motor que me arrastra. Qué decir de la inercia, fuerza ciega; si callo es porque no hay razón para decirlo. El incendio está ahí; se ve. Para qué apagarlo. Para qué detenerse cuando todo lo que soy es movimiento. Para qué el equilibrio. Para qué interpretar el ruido. Para qué interpretar el silencio. Para qué interpretar miradas cubiertas de desinterés. Ese desinterés activo, que destroza las intenciones. Para qué la esperanza, inercia vacía. Para qué la voluntad, que flaquea ante el silencio. El silencio es vacío, y aún así nos derrota; aún en contra del vacío, la voluntad tiembla. Para qué intentarlo. Para qué quedarse ahí. Para qué. Para qué la nostalgia. Para qué la búsqueda.

Tener un lugar. Y un tiempo. Estar inmerso en el lugar y el tiempo. Ser arrastrado por el lugar y el tiempo. Ser algo en el lugar y el tiempo. Amar en el lugar y el tiempo. Romper los huesos en el lugar y el tiempo. Hacer guerras en el lugar y el tiempo. Sufrir en el lugar y el tiempo. Nada es permanente en el lugar y el tiempo. Todo tiene un lugar y un tiempo. Todo desaparece del lugar y el tiempo. Morir en el lugar y el tiempo. Esperar en el lugar y el tiempo. Doblar la voluntad en el lugar y el tiempo. Desmoronarse, estar vivo, furioso, presente, activo, tomar veneno cual licor suave en el lugar y el tiempo. Y después qué.

Una confesión: no pasa nada después del lugar y el tiempo.

miércoles, 27 de julio de 2011

Dizzy with Wonder

I rise quickly from the dark
through white clouds
that I tear apart,
releasing drops of water
all over.

Anja Garbarek - Dizzy with Wonder

Y yo podría
romper el techo
sobre mi cabeza;
destrozar las nubes
después de disipar el polvo.

Ir
lejos,
tomar el tiempo
con las manos;
tengo el tiempo
en las manos.

Tengo tiempo,
tiempo.
Mucho tiempo
como para destrozar las nubes;
despegar mi frente del suelo
len
ta
men
te,
porque tengo tiempo.

No hay prisa;
el techo y las nubes
siguen ahí;
todavía tengo el piso
y todavía puedo volar.

Yo podría destrozar las nubes
porque hay tiempo
y porque puedo.

lunes, 4 de julio de 2011

Allá afuera

Pero este inicio de la formación [=científico]
tendrá que dejar paso, en seguida, a la seriedad
de la vida pletórica, la cual se adentra
en la experiencia de la cosa misma.

G. W. F. Hegel - Fenomenología del espíritu, 1.1

1. Atardecer

Y ella, con el calor aminorante, tomó su cabello y lo recogió por décima vez en la tarde. A contraluz, lo único visible era un esbozo granulado de su sonrisa. Sonreía. El sol se enrojecía como hierro ardiente, poco a poco [danza molecular: un ataque interminable a los ojos y los nervios y el cerebro; y los impulsos nerviosos que graban el recuerdo como hierro ardiente], circularmente. El escenario es un libro abierto, pero las páginas no están en blanco. La vida no es un libro; está más allá.

2. Más allá

Huxley decía que el sol en el Golfo de México se enrojecía de forma distinta. No lo sé. Nunca vi el sol en el Golfo de México porque estoy inmerso en el tiempo. Estar en el tiempo es, ineludiblemente, estar condenado a la finitud. La finitud es vulnerabilidad. La vulnerabilidad se esconde adentro. Pero la vida ocurre allá afuera, éxtasis; estar ahí, hacer cosas, decir cosas, pensar cosas. Allá afuera es donde la vida ocurre —siempre afuera— y la vulnerabilidad abre paso al sol y al recuerdo. Siempre afuera. Adentro hay un eterno rebotar entre paredes blancas; inevitablemente, el rebote romperá una lámpara o un foco o la televisión y habrá que salir. Y la vulnerabilidad se puede esconder en el carro, pero los focos y las televisiones se compran afuera [en donde ocurre la vida]. Y la vida puede gastarse en rebotar o en estar afuera, y en ambos casos se termina porque vivir es la inmersión en el tiempo, etcétera.

3. Abandono

Amé. En contra de la pared en la que reboto y el eterno grito en contra de la puerta que lagrimea, amé. La vida que ocurre allá afuera conspira en contra de la vulnerabilidad. El deseo de salir y estar en medio de la gente colorida. Comprar un globo. Sonreír. Sentir el cerebro que segrega dopamina. La atención enfocada en un punto específico [producto indirecto de la dopamina]. El punto cambia de color. El deseo de ver. De mirar en todas direcciones al mismo tiempo. Estar afuera, entre el color y el pánico. Estar ahí, comprar un globo, ver cosas, hacer cosas, decir cosas. En contra de todo instinto primitivo; en contra de la propia protección, estar ahí, afuera; estar en donde las cosas ocurren, en donde la gente converge y choca entre ella; en donde unos se comen a los otros con la mirada [mecanismo de protección: aumentar los defectos ajenos para esconder los propios]. Pero amé. Antes del encierro entre estas paredes blancas, corrí el riesgo y amé.

4. Ruptura

Tengo una lámpara, una silla, una televisión, una mesa, una cama, un sillón; tengo cosas. Las utilizo para hacer cosas. Hago cosas para tener cosas que decir. Digo cosas para ir más allá de las cosas. Digo cosas para que sean escuchadas. Si son escuchadas, las cosas que digo tienen sentido. El sentido es distinto de las cosas que digo. Escucho las voces de otros que dicen cosas. Las cosas que dicen, si las escucho, tienen sentido. Escucho con la atención que cabe en mi espíritu [el espíritu: esa cosa que anima las cosas materiales; les da movimiento y, con suerte, les da sentido]. El sentido va más allá de las cosas que escucho. El acto de tomar una mano es el sentido. Está afuera, no en medio de mi lámpara y la televisión. Estar afuera, en medio de la gente, es el sentido en su mayor flagrancia posible. El sentido resplandece, pero es más fácil apartar la vista, porque estar afuera es exponer la propia vulnerabilidad.

5. Escape

Estar afuera. Romper la lámpara es sólo un pretexto. El sentido brilla. Siempre está ahí. Siempre acribilla nuestros ojos en una danza molecular; y de ahí al ojo; y de ahí al nervio; y de ahí al cerebro, y el recuerdo grabado en la memoria como hierro ardiente. Pero el sentido está más allá del recuerdo. ¿Qué caso tiene que exista un sol si siempre es de noche? Pero todo lo contrario, allá afuera es en donde ocurre la vida. El día y la noche sólo son un pretexto para salir de las paredes blancas y estar afuera. Vivir. Esa noción que nunca comprenderemos, pero sabemos que puede terminar. Estar ahí es existir. Existir es una inmersión en el tiempo. Finitud. Vulnerabilidad. Miedo. Pero el sentido no se aparece en el recuerdo. El sentido sólo existe afuera, porque sólo allá afuera existe la libertad. Y no importa el número de ventanas que haya, porque ver hacia afuera no es lo mismo que estar afuera. El sentido de las cosas que se dicen sólo resplandece [sólo es visible] cuando están ahí. La vida pletórica, con todos sus colores y sonidos. La vida pletórica, con su miedo y sus ruidos. Ése es el paraíso. Ahí ocurre la vida. Pero es más fácil encerrarse. Es más fácil cerrar un ojo ante el sentido que brilla. Sí, el sol [como el sentido] siempre está ahí; pero igual nos da miedo voltear la vista hacia él. Pero allá afuera es donde ocurre la vida; donde hay que existir antes de que la finitud cobre el precio de la cobardía.

miércoles, 25 de mayo de 2011

(primer error)

Yo sé que soy ese fósil
que está frente a mí (primer error)
Corrijo: yo sé que soy ese fósil
que algún día estará frente a mí.

—Leonardo da Jandra - Tanatonomicón


y no porque no importa. mira: no importa. yo tomé sus manos entre mis manos y puse sus labios junto a mis labios y tomé su mano con mi mano y miré sus ojos con mis ojos y no importó ni en ese momento ni ahora ni después importará porque sus dedos hipocondriacos escaparon como rayos paranoicos y cucarachas ante la luz. su corazón es un cúmulo de cucarachas ante la luz. y no importa porque mira el eterno acaecer de sus latidos y de los dedos que se retraen ante la luz. míralos, retraídos ante la luz como cucarachas ante la luz. sus dedos de flama se apagan como ojos hipocondriacos. enfermedades. Münchhaussen K.T.P. y etcétera y véanse de nuevo ante la luz mientras se esconden bajo la mesa con sus resplandeceres. oh, resplandece; oh, se apaga; oh, dedos que se ocultan ante la luz y resurgen y se ocultan. y dije que no importa; fuego entre los dedos y tiempo que resbala y se aleja. tiempo de agua. tiempo hecho de carbón y metal que se desvanece ante la mirada y ante la luz. tiempo que no refleja y no dice nada más que su constante transcurrir tic tic tic tic tic tic tic tic tic tic. todo monotonía, nada de contraste; nada de cielo azul sobre nuestras cabezas de fuego; nada de calma en nuestro incesante silencio. nuestra eternidad no es sino el silencio que guardamos en un camino hacia todos lados. todos lados. ninguna parte; nada de cielo azul sobre nuestras cabezas de fuego (primer error: yo sé que soy ese fósil) y algún día seré el fósil que está frente a mí. algún día resbalará el fuego entre mis manos vacías. mis dedos tiemblan dentro de mis pulmones. oh, resplandece, eterno silencio en el camino; eterna noche de estrellas ausentes. el alma oscura de la noche y la noche oscura de la nada. ese tiempo que no vuelve la vista a sus temblores. tiembla la voz y los dedos y aquello que nombramos como cielo, pero que podría tener cualquier nombre o no tener nombre. nada de nombre sobre nuestras cabezas. nuestra eternidad tiene el nombre del deseo infundado. nuestra eternidad tiene el nombre del silencio, porque por que porqué por qué. nuestra eternidad es una pregunta al tiempo tic tic tic tic tic. nuestra eternidad es el monstruo en nuestras manos. oh, silencio. oh, fuego de los dedos hipocondriacos. oh, café de las cinco de la tarde. oh, sol. oh, calor.

domingo, 1 de mayo de 2011

Tocar el ruido

Soy de humo,
incendio mitigado
bajo el cielo
y el otoño;
ensordecido,
toco el fuego
que era mi mano
y ya no es
más que un cúmulo
de partículas grises.

Soy de niebla;
el disiparse de la luz
en las noches;
ruina de los marinos;
el siniestro crepitar
de los monstruos;
la amenaza que aguarda
en cada quiebre de las olas;
el fondo del abismo
desde donde brillan mis ojos.

Soy el miedo
y la inundación;
el incesante
rechinar de dientes;
las uñas destrozadas
contra las piedras;
huesos rotos
contra las piedras;
extremidades perdidas
para siempre.

Soy la percepción
desdoblada;
el delirar de los ojos
y los oídos;
todo lo que se pueda ver
en un solo golpe de luz;
ceguera;
daños permanentes;
esquizofrenia;
la percepción desdoblada
no es más
que la confusión de los sentidos;
escuchar colores;
tocar el ruido;
esquizofrenia.

miércoles, 20 de abril de 2011

Things you don't know about yourself

I'm thirty two years, one month
and eleven days old,
and I just learned
what color my eyes are.

Erin Tyler - More Things You don't Know About Yourself

Resulta, como todas las sesiones de estudio, que a un lado de la mesa se desarrolla una actividad paralela. Diana gira una ruleta. Mano derecha, verde. Tres de ellos luchan en el enredo de cuerpos para poner la mano en donde se debe. A la derecha del juego, estudio. Cinco de nosotros peleamos en contra de una integral o algo así. Y Gabriela escribe en mi cuaderno que sí puedo, porque la integral  o algo así es una dificultad insorteable. Y no puedo, así que me explica de nuevo. A un lado, el nudo de cuerpos ríe. Cuando termine la integral o algo así, podré jugar con ellos.

Dos horas después, la integral o algo así todavía es un montón de garabatos sobre la hoja de papel. Números cada vez más erráticos, disfrazados de operaciones. Gabriela no ha perdido la paciencia; explica de nuevo cómo deben relacionarse los números y las variables y los signos. Si resolviera el ejercicio, podría jugar con los demás, que ya no estudian. Gabriela no puede jugar: enfermedad congénita. Pero sí toma mi mano. Y sí me explica de nuevo cómo deben relacionarse los números y las variables y los signos. Y toma mi mano de nuevo. El ejercicio está resuelto. Los números erráticos ahora tienen algo de sentido. Podría jugar, pero prefiero esa mano sobre la mía. Los demás nos ignoran a propósito. Nos dejarán solos para encontrarle sentido a las células que forman nuestras manos.

Y después, años después del silencio y el fracaso deliberado, después de la sesión de estudio, las manos se olvidaron; son otras manos y acarician a otras manos. Lo que ocurrió no es más que la corrosión del tiempo; una escisión absoluta. Ni ella ni yo recordamos ese impulso que unió nuestras manos, pero ahí estaba el miedo al destino (que sigue ahí; ese miedo a lo inevitable). No sé por qué, pero olvidé cuánto la quería; y olvidé que en algún momento era feliz: sol en la cara, calor, caminatas interminables, silencios. Olvidé que un incendio cabe entre dos manos. Y que siempre hay un vacío interminable; espacios en la memoria que sólo pueden llenarse con fuego; cauterizar la memoria; calmar ese torbellino que arroja nombres al azar. Siempre ese vacío, esa carencia que no puede nombrarse, porque no tiene nombre. Olvidar que la memoria sólo puede llenarse con símbolos; significados inabarcables, pero presentes; ahí, cuándo, dónde. La memoria no es más que una colección de símbolos ciegos, como los impulsos y como los incendios entre las manos. El recuerdo súbito es una caída. Recordé quién era, porque lo había olvidado.

martes, 12 de abril de 2011

Miedo

Le creímos. Cuando nos dijo que regresaría en veinte minutos, le creímos. Malditas sean las navajas. No regresó. Lo que ahora recuerdo de él es una cara rígida con los ojos cerrados; las manos sobre el pecho. ¿Por qué los muertos deben tener las manos sobre el pecho? ¿Qué gano con saber que todavía tiene las manos pegadas al cuerpo? Eso son los muertos: partes de un cuerpo unidas por alguna razón. Pero él no es esa cosa que enterramos. Durante la misa nos dijeron eso. Le creímos al sacerdote de la misma forma en la que le creímos a él cuando dijo que volvería. Regresó un cuerpo perforado que ya no era él.

Él es sólo un recuerdo desmantelado. Desmantelado porque ya no recuerdo la forma en la que me molestaban sus modos. Está muerto, con las manos sobre el pecho en un terco afán de mostrar que todavía es un cuerpo completo, pero muerto. El recuerdo está desmantelado. Desmantelado porque ahora sólo pensamos en lo amable que era, y lo bueno, y cómo siempre llegaba a tiempo. Pero sus modos siempre me parecían (parecían; ya no) molestos. Siempre tenía ese tono de somnolencia cuando hablaba. Siempre acariciaba mi cabello en una forma molesta. Nunca fue cariñoso con su esposa. Pero  el recuerdo está desmantelado. La muerte desmanteló al recuerdo. Hace dos días soñé con él. Me pidió prestado un pañuelo (no tengo pañuelo) y no me lo devolvió. Pero el sueño ahora está desmantelado; ya tiene un nuevo significado que no comprendo.

El sueño es misterioso. Ahora lo veo como un jarrón negro frente a un fondo turbulento. Él es el fondo que no puedo ver. El jarrón es el nuevo significado. Quizá si él siguiera vivo, entendería el sueño, pero los sueños sobre los muertos se tratan sobre eso; sobre ese misterio diseñado para confundirnos; despertar a mitad de la noche y pensar que sigue vivo, que está en su cuarto y ronca, que mañana acariciará mi cabello y me molestaré. Pero sólo hay silencio y la dificultad para volver a dormir. Lo peligroso de las pesadillas es que nos roban energía después. Nos roban las noches y los días y después ya no hay suficiente tiempo para recuperarse. Uno nunca se recupera de un mal sueño y nunca se recupera de las manos ajenas sobre el pecho. Miedo.