martes, 13 de julio de 2010

Pregúntale a Fernanda

Después de responder la carta de la semana, Fernanda Torres —famosa por su sección Pregúntale a Fernanda— se dio cuenta de que el consejo que escribió para desesperada_15 contradecía completamente lo que había dicho acerca del amor adolescente dos semanas antes. Llamó al editor del periódico, pero él le dijo que no se podía detener la imprenta por una adolescente.

Mientras tanto, el dios del destino había predispuesto que Fernanda se cruzara varias veces con el hombre que sería el amor de su vida, con todas las implicaciones que la expresión "amor de su vida" tiene. Fernanda, preocupada, salió de la editorial y caminó hacia el metro. En el camino, su hombro izquierdo chocó con el hombro derecho de un hombre. Él sonrió, pero ella estaba tan preocupada por su contradicción que no se dio cuenta.

Cuando llegó a su departamento, se sirvió por instinto un vaso con agua y hielos; bebió el agua y quedaron los hielos, así que sirvió más agua; bebió el agua, quedaron los hielos, más agua; bebió, hielos, más agua. Recibió una llamada: su amiga Melissa la invitaba a tomar café. Fernanda aceptó. Los cinco vasos de agua tuvieron su efecto sobre la vejiga. Gran prisa; en el camino estrelló su hombro de nuevo con el mismo hombro, pero tenía prisa; él sonrió de nuevo, ella tenía la desbordante necesidad de llegar al café y utilizar el baño. El dios del destino estaba furioso.

Después del baño, el café. Fernanda habló sobre su contradicción, estaba genuinamente preocupada; Melissa no escuchó porque había conocido a un hombre que le parecía apuesto pero todavía quería al novio anterior aunque se acostaba con todas pero es que el nuevo es muy guapo y ya no sé qué hacer porque Alejandro me trató muy mal pero todavía lo quiero. Melissa le preguntó a Fernanda qué hacer. Ella le explicó el problema de las relaciones codependientes y le dio un consejo. Melissa se alejó con una gran alegría, pero Fernanda se dio cuenta de que su consejo también era contradictorio. Llamó a su amiga por teléfono pero no contestó.

Preocupada, caminó de regreso a su casa. En su camino, el hombro chocó de nuevo. Él quería decirle que la encontraba en todos lados, y eso ya no parecía coincidencia. También quería preguntarle su nombre e invitarla a salir, pero Fernanda seguía preocupada por los malos consejos que había dado y no hizo caso. El dios del destino estaba furioso.

martes, 29 de junio de 2010

Madre de las flores

Doña Rocío hablaba con sus flores todas las tardes. Cuando regresaba del trabajo comía, planchaba su uniforme para el día siguiente y salía a su jardín con un vaso de agua con dos hielos —nunca tres; nunca uno—para sentarse en una silla de metal pintado de blanco. Después platicaba con sus flores. La escuché durante muchos años desde mi ventana mientras trataba de estudiar o terminar alguna de mis investigaciones. Siempre hablaba de tonterías superficiales: cómo le fue en el trabajo, la tintorería no ha entregado sus faldas, cuándo le toca verificación al auto, qué bonitas se ven, cuando mi marido vuelva se va a poner muy contento de lo bien que las cuidé. Hasta ese momento me enteré de que la señora alguna vez estuvo casada; siempre había pensado que era una solterona obsesionada con las flores que me regaló un pastel hecho por ella para que lo compartas con alguna muchacha. A partir de ese momento escuchaba con más atención las pláticas que tenía con sus flores. Noté que a veces se quedaba en silencio, como escuchando; como si supiera que yo le ponía atención. 

La última vez que vi a doña Rocío fue en el hospital psiquiátrico de fray Bernardino. Le llevé un pastel para agradecer el que ella me regaló años antes de que se la llevaran. Cuando pregunté por qué se la habían llevado si siempre había estado bien, me explicaron que una compañera del trabajo le dijo que su esposo se había casado con otra poco después de dejarla. A partir de ese momento cayó en depresión. La recuerdo cubierta con una cobija de un color verde horrible, con una taza naranja-opaco, también horrible llena de agua con dos hielos casi derretidos. Solamente hablaba para sí misma, preguntaba una y otra vez por qué sus flores dejaron de contestarle.

martes, 18 de mayo de 2010

Estética

El silencio se agita,
creación,
torbellino,
todo silencio es verdadero,
el silencio es la verdad
que se arremolina
en el entrecruzamiento
de los dedos,
de las llamas,
de las palabras,
poesía,
torbellinos silenciosos;
toda poesía es un torbellino silencioso,
prejucio superado,
creación,
palabras arremolinadas;
convertidas en fuego,
para siempre.

La creación es destino,
congelamiento,
torbellino,
silencio verdadero;
la falsedad en todo el esplendor
de su contradicción,
la creación calla,
pero fulgura
con forma fría,
calculada,
mil veces
para siempre.

miércoles, 12 de mayo de 2010

Un hombre de pocas palabras

Sandra conoció a Raúl en el bar de todos los viernes. Notó inmediatamente su tono regiomontano de voz y su sarcasmo refinado. Rieron toda la noche y ella rió todavía más cuando él dijo que vino a la ciudad para buscar venganza. Salieron del brazo, ebrios; se besaron en la mejilla y manejaron a sus casas por separado.

Ella se enamoró rápidamente de él. Y parecía que era mutuo. Raúl era hombre de pocas palabras, pero Sandra estaba encantada con su hombre de acción. Se casaron dos años después y todo parecía maravilloso: cena elegante el viernes, cocktail los sábados, flores cada mes como sorpresa, camioneta para ir por café los miércoles con las amigas, hacer el amor cada dos semanas, dormir juntos, despertar juntos. Y Sandra vivía encantada porque su esposo siempre cumplía sus promesas.

Un día, sin avisar, Raúl no regresó a casa y no contestaba el teléfono, pero Sandra no se preocupó. Al día siguiente, en el noticiario matutino, resultó que Raúl asesinó a una pareja y después se suicidó. La pareja estaba formada por su ex-esposa y su nuevo amante. Cuando Raúl se enteró de la infidelidad, juró vengarse. Ellos se fueron a otra ciudad y vivían felices y enamorados y café y hacer el amor hasta que la patada violenta en la puerta los interrumpió. Sandra sabía que su esposo era un hombre de pocas palabras.

domingo, 25 de abril de 2010

Estroboscopías

Su nombre es Alejandra y no se ve bien con el cabello amarrado. Sonríe, pero mantiene la mirada apagada. Baila un poco pero no es lo suyo. Bebe un poco, pero no es lo suyo. Tal vez escucha buena música, pero no aquí y no ahora.

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Su nombre es Alejandra. Le gusta brincar en la cama elástica. Diez pesos por veinte minutos. Mirada ausente, pero ríe. Y toma refresco porque es rojo. Y es un amor de niña, porque no grita y no corre, sino que sopla a través de un aro lleno de jabón en los juegos infantiles del restaurante. Las otras niñas juegan con las burbujas. Ella las mira. Ausente.

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Los familiares siempre tienen resuelto el mundo. Te dirán cómo educar a tus hijos, porque ellos ya estuvieron ahí, aprendieron de la experiencia y mira qué bien salieron sus hijos. Pero tú necesitas creerles; debes creer que el daño puede repararse, que ella no volverá a lastimarla y que todos podremos alejarnos de esto con la frente en alto. Gracias a Dios –según esto–, pero no necesitas rezar, no necesitas a Dios.

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El cansancio en el asiento trasero, la cabeza se recarga en las piernas sentadas a su derecha. La boca discurre, como agonía que gotea. Los ojos se ahogan en todas las clases de cansancio y se cierran, parpadean, y la cabeza duerme por quince minutos. Últimamente se alcoholiza y se cansa antes de las once de la noche y luego acerca de nuevo la navaja hacia la garganta, y espera que todo se vuelva más fácil: la mano de un fantasma que termine con su vida, una congestión alcohólica, una salida rápida.

jueves, 15 de abril de 2010

Aufgehoben

No destruye,
desvanece.
Lo sé:
esta sombra
nunca se irá
porque es una sombra,
y las sombras no se van
nunca.

No sonrío con los labios,
sino con los dientes;
y escribo para no olvidar,
pero sí olvido,
y nunca recuerdo.

No recuerdo la época
en la que todo tenía sentido.
No recuerdo.
No recuerdo.
No recuerdo.
Y no recuerdo.

La distancia desvanece,
no destruye;
el tiempo es distancia,
el tiempo es silencio
y cada esperanza
es un grito
para oponerse
al desgarramiento.

Todo es complicado,
todo cambia al mismo color
de la misma forma
una y otra vez,
inevitablemente.
No es bello,
ni el cielo inspirador.
Lo sublime aterroriza
una y otra vez
inevitablemente.
Nos sentimos bien
por nuestra pequeñez
comparados con todo
una y otra vez,
comparamos cielos diferentes
y comentamos el clima,
Veracruz,
Colima,
San Luis,
zócalo,
plaza pública
con innumerables paseantes
de colores,
en el fondo son todos grises,
todos iguales;
los mismos gestos,
las mismas mentiras
una y otra vez
inevitablemente.

Ya no sé qué quería decir.

jueves, 8 de abril de 2010

Bibliotecario

Y si dependiera de mí, todos los pasados desaparecerían; no me mataría por entrar en una historia que no me pertenece. Después de todo, es muy molesto sonreír cuando sé que me mienten, pero no es apropiado quejarse. Mi trabajo es organizar: recibir un caso, analizarlo, colocarlo en la sección pertinente y registrarlo. Todos dicen más o menos lo mismo: mentiras. Pero no me pagan para cuestionar, sino para que el archivo siempre esté en orden. Después de registrarlos, debo ver cómo sus historias se alejan; yo soy ajeno, una mano callada para llevarlos al otro lado, donde no existe el movimiento y sus relatos se quedan ahí.

Yo podría incendiar cada uno de los archivos; librarme del peso que llevo. Sé cuándo y cómo mienten, pero no puedo intervenir. Tal vez debería dejarlo para siempre, como lo intenté en aquella ocasión. El problema es que todo debería fluir con mayor facilidad. Me cansa tanta melancolía callada y me hartan las mentiras. Sí, debería terminar con todo; quemar este edificio y que no quede ningún rastro ni de mí ni de sus mentiras.