martes, 7 de julio de 2009

Philia

a: Igual y hoy conoces a mi novio.
b: Voy a criticarlo.
a: No esperaba menos de ti.

Mind is like a muscle: it needs excercise!

domingo, 5 de julio de 2009

Tree-hugger

Hace mucho tiempo conocí a una niña que también era un árbol. Sí, era una niña-árbol, sólo que también era niña y también era árbol. Se llamaba Irene, le gustaban los dulces y la tierra mojada. No hablaba mucho, pero sus ramas crecían en la forma que ella quisiera. Todavía no tenía flores ni frutos. Esos llegarían en la pubertad.

También le temía a la tala clandestina y a los libros de historia. Temía a los libros, en general. Yo creo que porque los libros se hacen de árboles muertos. Por lo mismo no le gustaban los muebles ni el fuego. Se sentía ofendida con la madera artificial. Decía que las maderas preciosas eran como lo que serían nuestras supermodelos, y nadie querría una mesa hecha de cadáveres.

La niña tenía rasgos hindúes y tenía diecisiete años humanos, pero aún era pequeña por su sección de árbol. Igual viviría mucho más tiempo que cualquier niño normal. Eso no la deprimía, pero no me quiso explicar por qué. Dijo que no la entendería.

Me quedé a su sombra unas horas y me quedé dormido. Ella, siguiendo su instinto de árbol, asustó a los perros que se acercaban a marcar su territorio y me despertó poco antes de que oscureciera. Me regaló una de sus hojas para que no me olvidara de su herbórea presencia y me dio un beso en la mejilla que me raspó un poco por su corteza. No la abracé porque no quería verme ridículo.

miércoles, 1 de julio de 2009

Oferta/demanda

Melina construyó un cohete para ir a la luna. Cuando llegó a la luna encontró piedras y arena. Nada más. Cuando regresó a la tierra, trató de vender sus piedras y su arena a los anarquistas, pero ellos no las quisieron porque eso implicaba usar dinero y Marx-nos-libre.

Trató de venderlas a los jardines de niños, pero sólo necesitaban la arena y las piedras eran peligrosas para las pequeñas criaturas. Melina no vendió ni piedras ni arena, pues pensaba que ambas se necesitan mutuamente y no deben separarse.

Trató de venderlas a los constructores, pero ya nadie usa piedras ni arena gracias a los materiales modernos de alta resistencia y bajo costo, o algo así de cursi.

Trató de venderlas a los coleccionistas de asuntos espaciales, pero ellos dudaron de la autenticidad lunárica de sus materiales y someterían la decisión a un análisis que tomaría de ocho a diez semanas.

Trató de venderlas a una tienda de antigüedades, pero la viejita a cargo no entendió la necesidad de comprar piedras y arena.

Melina se sentía triste porque nadie quería comprar sus piedras y su arena, cuando de pronto se dio cuenta de que realmente no necesitaba venderlas, porque tenía suficiente dinero como para construir un cohete que llegara hasta la luna.

sábado, 27 de junio de 2009

La espera

Cristina espera bajo el toldo de una cafetería cerrada. Toma un cigarro, pero no tiene encendedor. Pregunta a un extraño si tiene encendedor. El extraño sonríe, pero no tiene encendedor. Cristina no puede encender su cigarro hasta que consiga un encendedor. Si tuviera encendedor, podría encender su cigarro, pero no tiene. Cristina pregunta a otro desconocido si tiene encendedor. Él sí tiene encendedor, así que enciende el cigarro de Cristina con una educada distancia. Cristina inhala el humo del cigarro aunque no tiene encendedor. Cristina quita el cabello que comienza a tapar un poco de su vista y mira en su celular la hora.

Dos minutos tarde.

Se permiten quince minutos de tolerancia para llegar tarde, así que se concentra en su cigarro. El cigarro es consumido. Ya no hay cigarro, porque Cristina tira al piso la colilla y la apaga con la suela de sus tenis negros. Las uñas negras juegan nerviosamente con las correas de su bolsa, pero ella no se concentra en las correas ni en el cigarro apagado. Cristina se concentra en su espera y en los quince minutos de tolerancia. Cristina mira la hora en su celular de nuevo.

Diecisiete minutos tarde.

Seguramente Cristina va dos minutos más rápido que el resto del mundo. Tal vez por eso cuesta tanto trabajo entender lo que dice. Pero Cristina sólo piensa en el tiempo brevemente. Después recibe una llamada que le indica que hay tráfico –en esta zona siempre hay tráfico– y tendrá que esperar de diez a quince minutos más. Tiempo suficiente para otro cigarro. Toma un cigarro, pero no tiene encendedor. Cristina no puede encender su cigarro hasta que consiga un encendedor. Si tuviera encendedor, podría encender su cigarro, pero no tiene.

lunes, 22 de junio de 2009

Hoy

Creo que por fin
te he despedido.
Porque logré
que dé lo mismo
que estés aquí
o allá.
De todos modos
estás lejos.

–Renata Durán


Vi su fantasma
,
vestida de negro;
leía mis palabras.

Me alegré de verla,
así que grité su nombre.
Ella no me recordaba.

Sueño recurrente

Mas allá de mi casa las porristas cantan sus porras a los autos que suben hacia el bosque de Chapultepec y no preguntan mi nombre porque no les interesa nada mas que las porras que escuchan más arriba de mi casa y hacia el bosque donde hay un río que no existe y lleva hacia donde solía pescar con mi padre pero ya no pescamos porque no hay dinero y tengo que darle lo que me corresponde porque es mi obligación y odio cada segundo que estoy despierto y tengo que cargar con lo que me corresponde porque es mi obligación aunque las circunstancias me obligan y no quiero competir porque ya estoy cansado de que me pase lo mismo que con Valencia que todos me dicen que la aman y la adoran y no la merezco porque las porristas no saben mi nombre ni los que van a Chapultepec y es mi obligación y me corresponde.

Allá en el fondo está la tristeza; despierta.

jueves, 18 de junio de 2009

Seiscientos fuegos

Destello de luz,
eres destello de sol,
fuego en la frente,
Venus en la mañana,
Vesper en la tarde.

Ardes como seiscientos soles
que iluminan seiscientas sonrisas
y seiscientas flamas.

Eres comburente
–a veces combustible–
de seiscientos fuegos
que arden al amanecer
y se esconden al atardecer.

Quemas igual que la llama,
y que las nubes;
reverdeces los árboles
que miran tus ojos.

Eres verde
y eres fuego;
luna por las noches,
sombra en el día,
día eterno
de noche coloreada.

Eres seiscientos fuegos,
la flama
y lo que se quema,
la flama
y el incendio.

Y yo ardo,
reverdezco,
sigo tu luna,
me refugio en tu sombra,
ardo en ti.