jueves, 12 de noviembre de 2009

Pátzcuaro, 1972

En las noches frías, Julia deja abierta la ventana para que Samuel entre sin que nadie en la casa se dé cuenta. Espera acurrucada y con la cabeza cubierta por el gabán para amortiguar el ruido de los mosquitos. Afuera se escuchan los grillos y el eventual chapoteo de los peces en el lago enorme.

Aquella noche Samuel remó lentamente a través del lago; el reflejo de la luna menguante sobre el agua temblaba como con nervios; un pequeño chapoteo distrajo al tripulante del bote de su monólogo interno: un murciélago bebiendo; Samuel escuchó murmullos fríos: un búho; el aire estaba cribado y cubierto de niebla respirable; el lago respiraba al mismo ritmo que los remos del pequeño bote.

Julia esperó afuera de su casa, en el pequeño muelle de madera. Cuando Samuel llegó, respiró cierto aire de familiaridad que emanaba de la niebla impregnada del olor a jazmín de Julia. No dijeron nada. Ella subió al bote y esperó a que Samuel dejara de remar en medio del lago. Sólo entonces recargó sus trenzas en el hombro y lloró en silencio. Él notó el moretón en el rostro de Julia y sintió un calor súbito escalando su abdomen, pero se limitó a mantener la firmeza de su hombro.

Media hora después, tomó los remos de nuevo y llevó el bote hasta su casa. Ahí tomó todos sus ahorros escondidos: mil doscientos treinta y seis pesos; guardó las llaves de su camioneta en la bolsa de su camisa y respiró profundamente en cuatro ocasiones. Julia esperó afuera de la casa; esperó por segunda ocasión en la noche y se asustó un poco cuando sintió un murciélago volando cerca de su hombro izquierdo: el mismo hombro que, minutos antes, sintió el calor de Samuel.

Julia sintió el calor de nuevo cuando él salió de su casa y tomó su cintura. Huyeron a cualquier pueblo y con el tiempo Julia comenzó a vender carpetas tejidas a mano en la plaza del pueblo. Samuel consiguió trabajo haciendo reparaciones en donde se necesitaran. Con el tiempo consiguieron una casa de un solo cuarto, pero colores vivos.

En los mejores días, Julia calienta frijoles, huevos y tortillas en una estufa junto a la cama. Espera a Samuel en una silla de bejuco y se ventila con un abanico maltratado por el uso. Afuera se escucha el paso de la gente, como un murmullo diluido en el olor de los frijoles negros. También se escucha el sonido de una banda mal afinada más lejos, en la plaza: es domingo.

domingo, 8 de noviembre de 2009

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jueves, 5 de noviembre de 2009

Condensación

el aciago fulgor de la desdicha,
como un ave petrificando el bosque
con su canto

-Octavio Paz - Piedra de Sol


Silencio:
la cabeza apoyada en la ventana, el pie sobre el freno, el celular en una mano, tráfico de dos horas en un trayecto de quince minutos, dilatación del tiempo, el núcleo del cuerpo emana un calor molesto que se sofoca en el cinturón de seguridad, el celular en una mano: llamar a alguien; música lenta como el movimiento de los carros, de cualquier manera hay silencio en su cabeza; el celular en la mano: mejor no molestar.

La vi desde mi auto y me sentí triste por ella. Sus ojos mostraban el cansancio acumulado; ese cansancio emocional, el indeciso desvarío de sus manos tratando de decidir: la llamada sería crucial, lloraría en medio del tráfico y los otros conductores la verían. Gran vergüenza. La desdicha fulguraba de su piel como el frío sobre la avenida.

Ella soñaba despierta con llorar torrencialmente entre los brazos de alguien. Lo sé porque casi abrazaba el cinturón de seguridad. En lugar de un abrazo que la contuviera, recibió el ruido de un claxon. El celular en la mano: llamada recibida, algo de plática superficial, una sonrisa tratando de ocultar el brillo de la miseria. Cuando colgó, clavó la mirada en el tablero. Vi a través de sus ojos las luces opacadas por las lágrimas contenidas; sentí el calor incómodo de su abdomen como si fuera mío; vi los ojos ajenos evitándola, oídos cerrados a sus gritos, el celular en la mano hace mucho tiempo: nadie a quién llamar; sentí la rugosidad fría de su volante, ignoré la música de fondo igual que ella; sostuve su celular en mis manos, pero ella no lo sintió.

Yo era ella.

lunes, 2 de noviembre de 2009

I am the morning

Con el dolor de cabeza. Respiramos el aire pegajoso y viciado de la noche anterior; apagué la alarma para despertarnos y me levanté muy despacio. Nada de buenos días, sino una caminata incómoda hacia la cocina para encontrar un refrigerador vacío.

-No hay comida.
-Ya sé. ¿Qué hora es?
-Cuarto para las seis. Todavía está oscuro.

Tomamos un vaso de agua para cada uno y lo bebimos hasta el fondo. Luego otro. Después medicina contra el dolor de cabeza. Ella se bañó primero. Salimos de su casa a las seis y media, todavía con el dolor de cabeza y los pasos incómodos. Subimos a mi auto para buscar en dónde comer algo, pero dimos vueltas por media hora y nada. Teníamos clase a las ocho, pero la escuela estaba cerca.

Hartos de las vueltas, compramos material para comida grasosa en el minisuper. Después del desayuno improvisado, decidimos faltar a la escuela. Salimos a su balcón, cada uno con una cerveza en la mano y cada uno con su dolor de cabeza y cada uno con el caminar incómodo y el aire viciado y el malestar general y el calor. El sol apenas se asomaba. Apoyé mis brazos en el barandal junto a ella; nuestras manos apenas se rozaban.

Así vimos el amanecer.

sábado, 24 de octubre de 2009

El sueño de los valles

Habla el mar:

Tú, pastor de esperanzas, los conduces a través de montañas que no conoces. Y ellos te escuchan, pero no existes; sólo eres un medio para salvarlos. Inundaré los valles que alguna vez recorriste con aguas coléricas; saquearé las cavernas en donde te refugias. El único lugar en donde puedes salvarlos es la cima de la montaña. Los guiarás en la subida eternamente.

No fue una elección. Recorrí los caminos construidos por los hombres tratando de advertirles, pero no escucharon. Por siete años las olas aumentaron su tamaño y arrastraron cada vez más peces muertos hacia la costa, pero no escucharon. Escalamos la montaña desde la que se veía el valle y el mar colérico. Daniela se rompió el tobillo en el camino y tuve que cargarla sobre mi espalda hasta la cima. Cada parte de la montaña tenía un nombre, pero no lo recuerdo. Sentí la miseria mientras hundía mis manos en el lodo para subir. No descansé hasta que Daniela pudo caminar.

Los cazadores fueron a buscar comida antes de que el mar inundara todo por completo. Tenían razón, no debíamos arriesgarnos. María era una cazadora con un arco delgado; era frágil y siempre tenía calor. Yo la cuidaba, aunque ella se podía cuidar sola. Cazaba sola y miraba hacia el cielo gris, esperando algún ave que nunca llegaría. No me habló nunca.

Los conduje a través del valle y Daniela se quedó en la cima, peleando contra el fantasma de su amante muerto. Tuve que rescatarla días después, todavía con el tobillo roto y siempre sonriente. Guardó silencio mientras el valle se inundaba. Vimos la inundación global desde la cima de la montaña. Todos sobrevivieron gracias a mí, pero yo sólo tenía que salvarlos. Después desaparecí y nadie lo notó. Sentí la miseria cuando desperté.

jueves, 22 de octubre de 2009

Neshek

El mal es usura,
Neshek
-Ezra Pound

supresión,
el eterno silencio,
silenciamiento de los ojos,
fuego para los dedos
transmitido a las pieles;

redescubrir:
la misma sonrisa
que siempre es nueva,
si acaso renovada
por el mismo espíritu
de todas las noches,

redescubrir:
la luna que no me gusta
y todo lo que implica;
redescubrirte
es quitar el velo de tus ojos
y ver más allá de tus palabras;
he visto a la serpiente
construir un nido en tus ojos,

desde que naciste
guardas silencio,
escondes tu rostro
detrás de tus máscaras;
atrás de la mentira
que todos decimos,
está la serpiente,

la realidad es movimiento,
ruido sistemático,
disonancia simbólica;
lo real es simbólico,
disonante,
esquizofrénico;

tú no,
tu sonrisa es nueva
siempre nueva
y siempre alimentada
por el mismo espíritu
durante las noches,
tu sonrisa de luna
limpia el ruido,

después de tu sonrisa
sólo queda
ruido disimbólico,
enfermedades disonantes,
supresión,
el eterno silencio,
silenciamiento de los ojos

domingo, 18 de octubre de 2009

Recurrencia

Noviembre vendrá de nuevo
con labios de bisturí
y murmullo de hospitales.
Vendrá como brazo
de asaltante,
rodeará mi cuello
y no me soltará
nunca.

Lo siento en mis huesos:
un ojo que me observa,
el frío congelando
mis articulaciones;
el regreso de las hojas
al suelo,
de mis manos
al suelo.

Te persigo en los otoños,
como la última vez:
te descongelarás
como cada otoño
y hablarás con boca de niebla;
me cegarás
con tu boca de niebla.
Y yo odiaré al otoño
y al frío de tus huesos.

Cuando vuelvas
con el otoño,
estaré preparado
y no estaré solo.
Verás con tus ojos de hielo
mi incendio cardiaco.
Noviembre vendrá
y por primera vez
no te pertenece.