lunes, 28 de noviembre de 2011

A

Para Pachu,
exista o no.

No hablemos sobre distancias, entonces. Esta distancia o aquella; da lo mismo. ¿No es lo mismo hablar de distancias que hablar sobre frío y sobre el llanto y sobre correr hasta el cansancio y dejarse caer sobre una nube? No lo es; nada que decir y nada que escuchar. No importa lo que decimos. Importa el instante, y correr para siempre, y detenerse, y el frío. Pero no importan las distancias. Como esa vez en la que el mundo se redujo a un instante; a un par de manos —ahora frías, da lo mismo— que ya no hablan y ya no dicen nada. No hablemos sobre eso, ni sobre el pasado, ni sobre el futuro. Háblame del ruido o no me hables de nada; lo mismo da. Hablas con tu silencio. Gritas con tu silencio de luna y tu brillo de sol —porque eso eres—. Hablas con tu mirada; gritas con tus manos, te desintegras en la distancia y existes de nuevo en la caída. Prevaleces en la caída. Te desvaneces en la caída. No necesitas de otras manos para labrarte, porque existes en toda caída; iluminas todos los rincones, destruyes las distancias y devoras planetas. No cabes en palabras —y qué bueno— porque el mundo es demasiado pequeño para tu brillo. Tus pasos de piedra resuenan en las nubes. No hablemos sobre distancias, entonces; porque las distancias no aguantan tu paso.

martes, 22 de noviembre de 2011

Consumar el instante

Y pensemos en eso. Pensemos como engranes en encontrarnos y perdernos.

martes, 11 de octubre de 2011

La retórica del llanto

Lo que menos importa
es decir algo,
un mensaje,
una redención,
un grito.

No importa
sino la inundación,
el ruido,
el discurso implícito.

Importa el filtro de la sangre,
el mensaje desvanecido,
el desvanecimiento,
el filtro de la sangre
que libera el peso
y el lastre
de la garganta.

Consecuencias,
nada,
silencio,
el peso sigue ahí,
siempre es una carga
ante la vista;
existir,
la carga en los hombros.

No hay mensaje
porque no es importante;
importa el tiempo
y la sangre filtrada;
importa el silencio
ahora roto.

sábado, 17 de septiembre de 2011

Y todo es vida

La pared contra la que estrello la frente, y el vidrio sobre el que resbala mi brazo izquierdo y una porción de mi frente apoyada en el vidrio, y cómo se apoya la cabeza en cualquier cosa cuando uno está triste: un hombro, otra cabeza, la pared, una ventana, la puerta del auto, la palma de la mano izquierda, una almohada y dejarse arrastrar por un río de lágrimas. Río de lágrimas. Uno puede ahogarse en un río de lágrimas, y la posición fetal, y la miseria permanente, y el reloj que avanza; pero uno se puede estancar para siempre en el río de lágrimas. El encierro voluntario, porque afuera no pasa nada. Pero mejor la inmovilidad que el movimiento forzado. Mejor estancarse en un río propio que moverse por empujones ajenos. Y uno puede salir a respirar y sonreír y drenar el aburrimiento de las venas. Sentir que el agua llega a los pulmones y sentir que el incendio se apaga por dentro. Pero eso no es todo.

Conducir un auto con dirección hacia el poniente en el atardecer y admirar el color de los brazos. El repetidísimo ritual en el que el café cargado levanta el ánimo. Escribir sobre la propia piel, y uno puede extenderse por años y embriagarse y dejar que el frío llegue hasta los pulmones. Sentir que el incendio se apaga y se enfría y lo único que queda es el recuerdo de que algo pasó; algo grande. En algún lugar, pasa algo interesante y el sol brilla y la vida tiene sentido. La certeza de que nada es nuevo y por eso somos completamente libres. La noticia del tumor y las ganas de estrellar el auto. ¿Por qué la muerte cercana hace que todos quieran vivir al máximo vivir al límite con todo el corazón aprovechar todas las oportunidades crecer para siempre vivir? No pasa eso con la muerte lejana porque no se le teme a la muerte. En serio, nadie le teme a la muerte hasta que toca la puerta quién la muerte ah no no la queremos pero soy la muerte y nadie se escapa de la longitud de mis dedos mire ah sí sus dedos son muy largos y no hay forma de escapar de ellos porque nadie escapa de la muerte porque todo lo que vive debe de morir porque la vida se trata de cómo nos morimos poco a poco porque el miedo y porque no tientes a la muerte que ahí está y toca la puerta quién la muerte ah sí la muerte que todos nos tenemos que morir pero no te asustes porque falta mucho y viviremos mucho tiempo y seremos felices y el sol y mis flores y que todo es muerte porque todo es vida.

Y todo es vida. Y todo lo que tengo es esta vida que algún día se desvanecerá entre la tierra y entre el mar contaminado que engullirá mis cenizas y mi historia. Y seré uno más, irrelevante aunque se recuerde mi nombre. Irrelevante porque no seré el primero en morir y desvanecerse y en tener muchos el-mejor-día-de-mi-vida. Irrelevante porque ya pasó antes; todos quisimos cambiar al mundo y nos dimos cuenta de que ni siquiera comprendemos al mundo. Y quisimos hallarnos y fracasamos. Y quisimos matarnos y amarnos y ser amados y sonreír y llorar y drenar la miseria de nuestras venas. Cuando muera, mi muerte será irrelevante, porque la muerte no es nada especial. Sólo es un día distinto y la tristeza como mecanismo para adaptarse a las nuevas circunstancias. Porque eso es la tristeza. La tristeza es un estado. La alegría es un estado. La angustia, la dicha, el terror y todo lo demás es un estado. La felicidad es algo distinto que no comprendemos. La vida es algo que no comprendemos. No comprendemos la muerte y no comprendemos nada.

viernes, 12 de agosto de 2011

Un montón de referencias

Y Minerva, que sufría de hiperexcitación lacrimal. Cualquier momento podía convertirse en un río de lágrimas. Reía y lágrimas; estudiaba, lágrimas; compartía tres palabras con el encargado del café, lágrimas; se enamoraba y lágrimas. Y no importaba la tristeza, siempre había lágrimas y sus mejillas enrojecidas. Lucía se sorprendió las primeras veces, pero la costumbre se instaló entre ambas y siempre había un pañuelo, o un papelito para las lágrimas inoportunas. Y Minerva era algo inoportuna: despertaba en sus interlocutores el instinto protector; salvar a la damisela en apuros; besar delicadamente su mano, etcétera. Y Minerva conoció todas y cada una de las formas de protegerla: el trilladísimo gesto de secar su lágrima con el pétalo de una rosa blanca (sí, en serio), abrazarla paternalmente, besar delicadamente su mano, etcétera.

Nada la sorprendía. Sus interlocutores se dejaron arrastrar por sus lágrimas. Y sí, cómo resistirse a la damisela en apuros con lágrimas sobre las mejillas (rojas) y el brillo en los ojos. El problema permanecía: las lágrimas eran culpa de sus ojos, no de la tristeza ni de la agonía ni de la mosca que, inocentemente, murió en su sopa minestrone. La culpa era de la genética y de las glándulas. La damisela no estaba en apuros; no necesitaba de la mano viril, del músculo incendiario que secaba sus lágrimas, ni del pétalo de la rosa blanca. Minerva sólo dejaba caer las lágrimas, porque eran insignificantes. Tanto como el gesto del caballero que secaba sus lágrimas. Apariencias y apariencias, instinto genético de salvar al eslabón débil de la especie. Y cómo resistirse a los ojos lacrimeantes de Minerva.
Y cuánta esperanza cayó sobre sus ojos cuando conoció a Virgilio, ciego de nacimiento. Cuántas tardes pasó genuinamente confundida. Alguien que no podía ver sus lágrimas genéticas y la trataba como a cualquier otra; como si sus ojos no representaran la tristeza acumulada de mil generaciones de los egipcios y las pirámides; y los miles de años de los vivos y los muertos (porque sus ojos no representaban tal cosa; eran unos ojos húmedos y nada más). Y cómo lloró verdaderamente (sin lágrimas: la ironía es necesaria) cuando supo que Virgilio, el único que la veía como una más, no estaba solo. Cuánta desesperanza cupo en sus mejillas cuando supo que Virgilio pasaba las tardes tomado del brazo de una Margarita cualquiera; que la Margarita cualquiera dormía en la misma cama que él. Y cuánta sorpresa cupo en sus lacrimales cuando su llanto era seco. Y cuánta fue su dicha cuando descendió vertiginosamente los diez pisos desde su departamento hasta la calle.

domingo, 7 de agosto de 2011

Edición

Te inventé. Eras un extraño en mi casa y un extraño en mi vida y un extraño. Y luego la mudanza y el cansancio. El cansancio suficiente como para vencer a mi lengua y mi voz. Dormí casi desmayada sobre tu hombro porque las almohadas están en alguna de las cajas y no sé en cuál. Y para qué buscarlas, cuando se puede estar tan bien ahí, entre las cajas y el sudor y el cansancio. Todavía no hay agua caliente ni gas. Mañana instalan el teléfono y el lunes activan el elevador. Pero aún así eres un desconocido, y soy una desconocida y somos desconocidos. Te invento porque no te conozco. Planté una semilla en ti para verla crecer. Y crece: somos ramas que se entrelazan, pero no un árbol. Somos árboles distintos. Somos átomos del bosque y el bosque nos diluye. Somos árboles que se diluyen. Todo es dilusión, entre el sudor, las cajas, el polvo, los baños con agua fría, tu hombro y mi cabello acalorado. Nos diluimos porque no nos conocemos. Es más fácil diluirse que todo lo demás; el bosque, la mudanza, las reparaciones, el agua fría y el sudor. Es más fácil diluirse, dormir con el calor y las cortinas abiertas para despertar con el sol. Y el desayuno frío, no reconocerte y casi gritar. Perder la concentración y romper un plato.

Es más fácil diluirse. Esgrimir el cansancio en contra del tiempo. Detener la tarde justo en su momento más rojo. Es más fácil diluirse con el desconocido y ver cómo crece la semilla. Prefiero la dilusión; mejor inventarte que descubrir cada centímetro. Mejor diluirse en el instante que perderse con el tiempo. Inventarte porque eres un desconocido. Desconocerte, pero plantar una semilla y el sudor y las cajas. Escaleras oxidadas; ventanas rotas. Mejor diluirse que mentir. No preguntar quién eres; no definirnos para poder convertirnos en lo que queramos. No saber quién eres porque no lo sabes. No decirte quién soy porque tampoco lo sé. Mejor diluirse en el bosque; entrelazar las ramas y quedar como desconocidos. Mejor crecer juntos sin saber quiénes somos, porque nunca lo sabremos.

Texto de una invitada anónima

jueves, 4 de agosto de 2011

Inerciático

¿Objetividad? Lo que sobra es objetividad. Sobra esa respiración recursiva, con su vaho sofocante, su olor; el olor de la saliva. Sobra objetividad, esa fría recolección de eventos, datos, colores que han perdido su brillo. El recuerdo es una mancha gris. Sí recuerdo, pero como una mancha gris. Como esa mirada cubierta de desinterés. Y nada que decir, porque la mirada no tiene en el fondo más que ese vaho desinteresado, gris; esa objetividad que siempre está de más.

Y para qué. Para qué apagar el incendio. Para qué detener la marcha, esa inercia desquiciada; esa inercia que perdió su carril hace tanto tiempo. Para qué apagar el incendio. Y qué decir de este motor que me arrastra. Qué decir de la inercia, fuerza ciega; si callo es porque no hay razón para decirlo. El incendio está ahí; se ve. Para qué apagarlo. Para qué detenerse cuando todo lo que soy es movimiento. Para qué el equilibrio. Para qué interpretar el ruido. Para qué interpretar el silencio. Para qué interpretar miradas cubiertas de desinterés. Ese desinterés activo, que destroza las intenciones. Para qué la esperanza, inercia vacía. Para qué la voluntad, que flaquea ante el silencio. El silencio es vacío, y aún así nos derrota; aún en contra del vacío, la voluntad tiembla. Para qué intentarlo. Para qué quedarse ahí. Para qué. Para qué la nostalgia. Para qué la búsqueda.

Tener un lugar. Y un tiempo. Estar inmerso en el lugar y el tiempo. Ser arrastrado por el lugar y el tiempo. Ser algo en el lugar y el tiempo. Amar en el lugar y el tiempo. Romper los huesos en el lugar y el tiempo. Hacer guerras en el lugar y el tiempo. Sufrir en el lugar y el tiempo. Nada es permanente en el lugar y el tiempo. Todo tiene un lugar y un tiempo. Todo desaparece del lugar y el tiempo. Morir en el lugar y el tiempo. Esperar en el lugar y el tiempo. Doblar la voluntad en el lugar y el tiempo. Desmoronarse, estar vivo, furioso, presente, activo, tomar veneno cual licor suave en el lugar y el tiempo. Y después qué.

Una confesión: no pasa nada después del lugar y el tiempo.