jueves, 23 de diciembre de 2010

Las cosas que decía

corredores sin fin de la memoria,
puertas abiertas a un salón vacío
donde se pudren todos los veranos
–Octavio Paz - Piedra de sol

No recuerdo qué decía ni la forma de su rostro. Recuerdo que era menor que tú. Sonreía igual que tú, pero no recuerdo su nombre. Ella era como tú; de un espíritu más joven, si es que eso es posible. No entendió mi sarcasmo; la agredí amistosamente, como lo haría contigo. Mientras tanto, el amor se escondía en los áticos. Y el amor se esconde en los áticos polvosos; y yo quiero aquel amor (que se esconde en los áticos polvosos). Pero ella no era nada como tú. Su espíritu sin arrugas tenía manos de anciana: articulaciones, artritis, uñas como polvo. Y no era tú, y me hacía reír, pero no entendía lo que yo decía. Y me gustan las cosas que ella dice, no las manos de anciana. Y yo sabía que soñaba; sabía que no podría recordar su rostro, ni sus manos, ni la forma en la que su cabello no cubría sus ojos de espíritu joven con manos de anciana. 

Sabía que lo contrario del sueño no es la vigilia. Sabía que las fechas que debía aprender eran absurdas, que nada pasó, que todo lo que existe se reducía a los cuadros de su falda, la forma exacta en la que su cabello cae a los lados de su cara (y no cubría sus ojos de espíritu joven con manos de anciana); y las cosas que decía eran irreales, por eso no las recuerdo; y la culpa es irreal, porque en el sueño quería lo que tengo entre las manos. Cuando desperté, vi cómo se pudren los veranos  y desperté ante un cielo nuevo sobre los áticos polvosos en los que el amor se esconde.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Lights Out

Anoche
puse al ruido
sobre mi lengua:
sentí su simetría
como una maldición.

La simetría
es la maldición
de todo hombre.
Todos estamos condenados
a la simetría
y al ruido
y la miseria.

Anoche sentí la miseria
como en todas esas noches
simétricas;
sentí todo el peso
de la simetría
sobre mis hombros.

La simetría es una maldición;
le temo a la simetría
cada noche
y cada instante
en el que el insomnio
se desliza
entre mis manos.

Yo sé
que cuando se apaguen
las luces
podré contra el insomnio
y el ruido
y la miseria;
venceré para siempre
al frígido brillo de la agonía,
y no tendré miedo
a ver mi rostro
reflejado en la miseria
de alguien más.

sábado, 27 de noviembre de 2010

Hierve la sangre

Hoy mis mejillas,
hervidas de sangre
se enrojecieron.

Recuerdo la mano
bajo la que arde la mejilla
y cómo hierve la sangre.

Hierve la sangre
y recuerdo la miseria;
hierve la sangre
y yo retrocedo;
pierdo el camino
y hablo en lenguas.

Mira
cómo hierve la sangre
y vuelve el silencio.

Hoy me recordé
bajo el asedio
de la sangre:
muros desiertos
y sonrisas temporales;
recordé el asedio
de la sangre.

Hierve la sangre
y no lo permitiré
de nuevo.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Pedazo de conciencia

La tristeza, temblor en el estómago. Temor; la sensación punzante de saber y caer y las consecuencias, y la niña ahí, ya no toma su brazo de madre, sino que convulsiona en el suelo; y la espera de la ambulancia, y la niña ahí, ya no un pedazo de conciencia, sino piel y huesos y músculos que se contraen sin saber y sin control; y un cerebro de niña y una fracción de conciencia atormentada. Ella, pedazo de conciencia, escuchó las voces en su cabeza. Al principio hablaban sin sentido, pero después gritaban. Ella, pedazo de conciencia, escuchó los gritos desde los siete años. Ella, pedazo de conciencia, bebió la mitad de una botella de cloro, atormentada por los gritos; su madre se distrajo y llegó demasiado tarde, apenas alcanzó a ver el cúmulo de huesos y piel y músculos que ya no era su hija y ya no era sino un bloque de carne convulsionante. Y ella, pedazo de conciencia, no respiró de nuevo y las voces no hablaron de nuevo. Y ella, pedazo de conciencia, nunca sintió de nuevo el beso cálido de la alfombra en su cuarto; y nunca escuchó los gritos de las voces que a veces decían la verdad.

domingo, 31 de octubre de 2010

Fragmentos

†...† te dije mil veces la muerte en los ojos y los brazos en la muerte y después de te dije que callaras al ruido y la muerte en los ojos pero cerraste los brazos frente a tu pecho y yo predije que por años y años y años tendríamos que cerrar la puerta del destino para que la muerte no abriera tus brazos y mil veces la muerte y el mañana y el mañana y el mañana e irónico gastado actor que tartamudea en el escenario y mil veces el mañana entre tus brazos cruzados y te dije que el destino desgasta a las nubes y camina sobre su propia sombra mientras yo hablo y yo y yo y mil veces yo hasta que se desgaste el tiempo y el destino que camina con paso inseguro y nos desgasta y yo quería detenerlo para siempre y congelar el instante †...† y justo en ese momento soñé con aquella piedra que no hacía más que reprochar y el destino perforaba mis manos burbujeantes y el destino y el destino y el destino siempre con los pies atados y sometido y ahogado en los gorgojeos de su propia sangre y su propio aire y el destino tan destrozado y tú y tú y tú mil veces reconstruida y el recuerdo arrancado de las garras de la noche y los veranos podridos y confieso que qué confieso que nada y el silencio arrancado de los labios del destino y mira cómo arde la sangre †...†

miércoles, 27 de octubre de 2010

Lecciones familiares

Como delincuente novato,
con pulso inestable,
aprendí a querer:
siempre con un dedo
en el gatillo.

viernes, 8 de octubre de 2010

Darse cuenta

Ni una vez lo había pensado, pero hoy lo recordé. Puertas negras de metal, el grisáceo sonido de despertar. Era un recuerdo dormido. Casi no existe, pero ahí está; es mío. Lo tengo, aunque lo había perdido. El ruido es sólo un punto gris; balcones tapados por árboles, tardes malgastadas, tiempo recurrente, días circulares, ausencia. Años y años de ausencia, y hoy recordé. Hoy despierto y mis pupilas se dilatan: el momento de darse cuenta, enderezar la espalda, abrir los ojos, inhalar súbitamente y todo tiene sentido. Ni una sola vez pensé en sus consecuencias, pero ahí está, como fuego ante mis ojos; lo veo y tiene sentido; lo veo y me da sentido. Ni una sola vez lo consideré  valioso, pero siempre estuvo ahí; lo perdí, pero ahora lo tengo. Ni una sola vez lo diré, pero me basta con saber que lo tengo; que los años de ser envenenado terminaron. Lo veo y tiene sentido, porque antes nada lo tenía. Hoy digo que lo lamento, pero nadie escuchará; no importa, porque es mío, ese fuego adormecido que se desata de entre mis manos y hoy despertó. Hoy desperté.