lunes, 14 de febrero de 2011

Más sobre la imitación de Octavio Paz

El surrealismo ha sido el clavo ardiente en la frente
del géometra y el viento fuerte que a media noche
levanta las sábanas de las vírgenes.
[...]
El surrealismo ha sido esto y esto y esto.

—O. P. - Esto y esto y esto 

La posmodernidad es la novia neurótica de la teoría política.

La posmodernidad es el retiro para empresarios sobre coaching ontológico [sic], pero sin desayuno ejecutivo.

La posmodernidad es el feminismo que le dio a la mujer la libertad de participar en concursos de playeras mojadas sin la opresión del macho ni del hombre ni de nadie más.

La posmodernidad es la libertad desnuda, mostrando sus tatuajes comunistas y comunitarianistas y comunitaristas, porque le gustaron los dibujos y las líneas y los símbolos japoneses. No sabe qué significan.

La posmodernidad es el tío alcohólico que arruinó la boda del sueño moderno.

La posmodernidad es el programa de concursos en el que la racionalidad siempre pierde.

La posmodernidad es el eterno acaecer de la posvisión pospoética.

La posmodernidad es una comida de negocios con putas privadas para todos.

La posmodernidad es la pornografía en blanco y negro; alta definición y moraleja.

La posmodernidad es la misa de domingo para los juniors, pero no para sus guardaespaldas. Putas privadas para todos.

La posmodernidad es la sección de cine de arte [sic] en todos los videoclubs.

La posmodernidad es el niño de siete años con smartphone.

La posmodernidad es el plexo de significatividad re-abierto ante sí, por sí, y para sí mismo. Nosotros quedamos fuera de él.

La posmodernidad es la despedida de soltera —estríper, martinis y paletas con forma de pene— de la racionalidad científica.

La posmodernidad es el tercer simposio internacional de albures, con la conferencia magistral "La reconstitución asentada de las intenciones longitudinales".

La posmodernidad es el té chai latte del local de comida rápida.

La posmodernidad es la desmitificación de todos los doctorandos en los puntos más finos del dadaísmo.

La posmodernidad es el estudio universitario de cómo las redes sociales han venido cambiando nuestra forma de percibir la realidad [sic].

La posmodernidad es el socialismo paternalista que cuida a todos y cada uno de sus habitantes; gobernantes primero; putas privadas para todos.

La posmodernidad es esto y esto y esto.

domingo, 30 de enero de 2011

Un tango

Y por cuánto tiempo
bailaremos
este tango
autodestructivo.

Cuántas veces más
nos destruiremos
con las manos
en la cadera
y las miradas hacia los pies.

Cuántas veces más
te desvanecerás
entre mis dedos.

Tus pasos suenan
igual que la ponzoña
del hielo envenenado;
¿cuánto más
debo beber de tus labios?

lunes, 17 de enero de 2011

Diagnóstico

I am not letting you check out.
You'll beat this–starting now
and you will always be around.

Brand New - Guernica

Una tragedia predefinida: el olor de los hospitales; el color verde violáceo que tiñe todas las almas de gris. El calor controlado, como la asepsia y los zapatos blancos; y el sol que se pone en los ojos que se cierran; una especie de silencio pre-establecido, diseñado para los enfermos, con su cordura latente. El incesante tumulto de plegarias, como humo que se disipa. La comida grisácea, el sabor de la sangre; el aroma del cloro y la inestable mano sujetando los dedos; los tubos de suero, como líneas de pesca.

El sentimiento de la fatalidad en su sentido más puro: destino vaticinado en una hoja de papel; el deseo del azar, materializado en la más cruel de las formas. Cada gota de suero es un deseo invalidado. Cada movimiento en una silla de ruedas es el asesinato sordo de un paso. Cada gota defectuosa de tu sangre es el mal recuerdo de algo que nunca vi. Nunca vi tu sangre, ni las líneas de pesca atadas a tus venas. Tu historia es una lista de nombres que alguna vez tocaron tu hombro. Nunca vi el momento en el que la lista desapareció, y los nombres se convirtieron en barrotes de metal, calor predefinido, silencio y plegarias. Incluso sé de alguien que disipó una plegaria en tu nombre y después dijo que no existe ningún dios. Lo sé porque lo escuché; y vi la forma en la que su espíritu se desvaneció en la desdicha. Y sólo quería decirlo porque me niego a creer que tu destino está escrito, a pesar de que lo conozco. He visto cómo te desenrollas en mis sueños; cómo te conviertes en un templo en el que se disipan las esperanzas; y eres la única persona que puede volar además de mí. Y quería decirlo porque sé que puedes volar demasiado lejos, demasiado alto y demasiado rápido. Puedes volar en cualquier momento a donde las manos no son sino puntos lejanos que ya no pueden tocar tu hombro.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Las cosas que decía

corredores sin fin de la memoria,
puertas abiertas a un salón vacío
donde se pudren todos los veranos
–Octavio Paz - Piedra de sol

No recuerdo qué decía ni la forma de su rostro. Recuerdo que era menor que tú. Sonreía igual que tú, pero no recuerdo su nombre. Ella era como tú; de un espíritu más joven, si es que eso es posible. No entendió mi sarcasmo; la agredí amistosamente, como lo haría contigo. Mientras tanto, el amor se escondía en los áticos. Y el amor se esconde en los áticos polvosos; y yo quiero aquel amor (que se esconde en los áticos polvosos). Pero ella no era nada como tú. Su espíritu sin arrugas tenía manos de anciana: articulaciones, artritis, uñas como polvo. Y no era tú, y me hacía reír, pero no entendía lo que yo decía. Y me gustan las cosas que ella dice, no las manos de anciana. Y yo sabía que soñaba; sabía que no podría recordar su rostro, ni sus manos, ni la forma en la que su cabello no cubría sus ojos de espíritu joven con manos de anciana. 

Sabía que lo contrario del sueño no es la vigilia. Sabía que las fechas que debía aprender eran absurdas, que nada pasó, que todo lo que existe se reducía a los cuadros de su falda, la forma exacta en la que su cabello cae a los lados de su cara (y no cubría sus ojos de espíritu joven con manos de anciana); y las cosas que decía eran irreales, por eso no las recuerdo; y la culpa es irreal, porque en el sueño quería lo que tengo entre las manos. Cuando desperté, vi cómo se pudren los veranos  y desperté ante un cielo nuevo sobre los áticos polvosos en los que el amor se esconde.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Lights Out

Anoche
puse al ruido
sobre mi lengua:
sentí su simetría
como una maldición.

La simetría
es la maldición
de todo hombre.
Todos estamos condenados
a la simetría
y al ruido
y la miseria.

Anoche sentí la miseria
como en todas esas noches
simétricas;
sentí todo el peso
de la simetría
sobre mis hombros.

La simetría es una maldición;
le temo a la simetría
cada noche
y cada instante
en el que el insomnio
se desliza
entre mis manos.

Yo sé
que cuando se apaguen
las luces
podré contra el insomnio
y el ruido
y la miseria;
venceré para siempre
al frígido brillo de la agonía,
y no tendré miedo
a ver mi rostro
reflejado en la miseria
de alguien más.

sábado, 27 de noviembre de 2010

Hierve la sangre

Hoy mis mejillas,
hervidas de sangre
se enrojecieron.

Recuerdo la mano
bajo la que arde la mejilla
y cómo hierve la sangre.

Hierve la sangre
y recuerdo la miseria;
hierve la sangre
y yo retrocedo;
pierdo el camino
y hablo en lenguas.

Mira
cómo hierve la sangre
y vuelve el silencio.

Hoy me recordé
bajo el asedio
de la sangre:
muros desiertos
y sonrisas temporales;
recordé el asedio
de la sangre.

Hierve la sangre
y no lo permitiré
de nuevo.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Pedazo de conciencia

La tristeza, temblor en el estómago. Temor; la sensación punzante de saber y caer y las consecuencias, y la niña ahí, ya no toma su brazo de madre, sino que convulsiona en el suelo; y la espera de la ambulancia, y la niña ahí, ya no un pedazo de conciencia, sino piel y huesos y músculos que se contraen sin saber y sin control; y un cerebro de niña y una fracción de conciencia atormentada. Ella, pedazo de conciencia, escuchó las voces en su cabeza. Al principio hablaban sin sentido, pero después gritaban. Ella, pedazo de conciencia, escuchó los gritos desde los siete años. Ella, pedazo de conciencia, bebió la mitad de una botella de cloro, atormentada por los gritos; su madre se distrajo y llegó demasiado tarde, apenas alcanzó a ver el cúmulo de huesos y piel y músculos que ya no era su hija y ya no era sino un bloque de carne convulsionante. Y ella, pedazo de conciencia, no respiró de nuevo y las voces no hablaron de nuevo. Y ella, pedazo de conciencia, nunca sintió de nuevo el beso cálido de la alfombra en su cuarto; y nunca escuchó los gritos de las voces que a veces decían la verdad.