domingo, 19 de septiembre de 2010

Primera colisión

α. Rebeca: sus padres [distantes] le regalaron un auto gris, aunque ella quería uno rojo. Flores en su cuarto con paredes color rosa. Su ropa [cara] de marca resalta el color cafe de sus ojos. El mundo es suyo porque, cuando el negocio va bien, puede comprarlo y sonreír e invitar a sus amigas a tomar café. Cuando el negocio va mal, aguantar un poco; mantener la frente en alto y las manos en el mismo lugar; no, gracias, no tengo ganas de salir hoy. Y no es la falta de ganas, sino de dinero; pero ya habrá mejores tiempos, café y sonrisas. Sin embargo, hoy no es un mejor momento; el camino a la escuela es silencioso; semáforo, luz roja; tal vez debió aceptar la invitación, pero sólo tiene el dinero que lleva en la cartera; no es suficiente para sonreír, así que la cabeza apoyada en la mano; un suspiro de tristeza hasta que la luz del semáforo [y tal vez de la vida] cambie a verde.

β. Juan Carlos: sus padres [distantes] lo encerraron en un cuarto sin luz todas las tardes. Primero gritos que poco a poco perdieron intensidad; angustia diluida, gradualmente se convertirá en resentimiento. Hambre y pobreza, su ropa [maloliente] se rasga al correr atrás de los camiones para ver si se cae algo de comida en su camino: casi nunca tiene suerte. Su tío le ofreció trabajo como chalán en su taller mecánico. Las cicatrices en la espalda tienen razón de ser: su tío no tolera los errores. Conoció a Gonzalo y a Alfonso a los trece años; pasados similares de maltrato y pobreza; presentes simétricos, trabajo mal pagado. Soluciones rápidas: asalto a conductoras. Dos se acercan mientras el tercero se queda atrás para vigilar, el primero rompe el vidrio del auto y comete el asalto; el segundo se queda afuera, por si acaso. Se alternan para decidir quién se queda atrás y quién afuera y quién asalta. Poco a poco, tienen más dinero; ya pueden llenar sus estómagos y Juan Carlos puede mandar a su tío a chingar a su madre: ya no necesita trabajar para él.

αβ. Alfonso eligió el carro gris. Era mejor porque se trataba de una mujer joven y sola, distraida. Juan Carlos tomó una piedra y la lanzó hacia el vidrio: miles de pedazos voladores. Rebeca gritó; olió el aroma desagradable: la ropa de Juan Carlos. Cámara, hija, caite con la feria; qué más trais, el celular. Disparos simultáneos de adrenalina, respiración agitada. Los tres amigos corrieron. Rebeca lloró; más angustia porque ya no tiene dinero. Tal vez debió quedarse en la cama hoy; debería regresar a su casa, pero ya recorrió más de la mitad del camino; sudor en las manos, aferradas con fuerza al volante. Los demás autos rodearon al carro gris para seguir con su camino, como si nada hubiera pasado. El asiento del copiloto impregnado con el aroma del sudor viejo. Manchas de sangre en el tablero: Juan Carlos se cortó con un fragmento de vidrio.

martes, 31 de agosto de 2010

Traducción XI

Odio decirlo,
pero esa mujer
a la que le compras flores,
y comida;
la dueña de los pies que veneras
con zapatos altos
hechos de tu dinero,
es una puta.

Y no lo digo en un sentido peyorativo,
ni literal,
sé que no cobra por acostarse contigo,
mas que con regalos
y acomodar su silla
para colocar
el trasero que veneras;
lo digo porque le gustan algunas cosas:
acostarse con desconocidos,
coger con desconocidos,
el olor del suavizante
en su almohada
mientras un desconocido
más viril que tú
la toma por detrás
y la obliga a hablar sucio
y así, sucesivamente.

No me malinterpretes;
no soy ninguna especie
de santa,
también me gusta
que hombres más viriles que tú
me tomen por detrás
y hablar sucio
y acostarme con hombres
más viriles que tú;
pero nunca a cambio de zapatos,
ni comidas,
ni falsos halagos.
Y puedo mover mi propia silla
para colocar mi trasero.

Lamento ser quien te lo diga,
y espero que no te ofenda
mi explicación:
tu chica es una puta
en el más bello de los sentidos;
el más poético,
y más perfecto.

Lo bueno es que tu chica
sabe lo que quiere:
hombres viriles
que la tomen
y la dejen
y la obliguen a hablar sucio
mientras huele el suavizante
de sus almohadas.

Y si no es eso lo que obtiene,
le gustan los imbéciles
que le compren flores
y comida
y acomoden su silla
para colocar su trasero;
le gustan imbéciles
porque no se dan cuenta
nunca
de que anoche durmió con otro
y olió su suavizante
y las almohadas
y así, sucesivamente.

Y con todo cariño te digo
que estás muy lejos
de la virilidad necesaria.

Jódete.

—Hellen Kirscht – Your New Whore Is a Girlfriend

lunes, 23 de agosto de 2010

De la imitación de Octavio Paz

Cada estrofa representa algo distinto,
algo así como adivinanzas poéticas. 

Yo soy el torbellino,
la realidad,
lo absoluto
y lo falso
y lo verdadero;
lo simultáneo,
lo independiente,
todos los movimientos
sincronizados,
la gravedad
y el centro de la Tierra
y la Tierra.

Vi el inicio
y el fin,
porque soy el inicio
y el fin.

Soy todo,
la grandeza
y la escoria,
el salto
y el vacío,
todos los puntos
y todas las miserias
simultáneas.

Soy la miseria,
la sangre
y la carne,
costillas rotas,
rodillas frágiles,
fisuras y fisiones;
una mano,
mía,
líneas imaginarias
y arrugas.

Soy fuego,
violencia,
manos amputadas
sin necesidad,
pies cercenados,
sífilis y tifoidea,
fuego cruzado,
pobreza,
el fondo del abismo
desde donde brillan mis ojos.

Soy el desperdicio,
niños ricos
y niñas vacías,
carteras como cascadas,
hígados,
labios y dientes,
vasos rotos,
ceniceros,
peleas simétricas,
doscientas treinta fotos
en cuatro horas.

Soy las sillas
y el rosario en la mano,
horas grises,
enfermeras con ojos vacíos
y sonrisas vacías,
falta de información,
aburrimiento
y desesperación.

¿Quién soy?

jueves, 5 de agosto de 2010

Las palabras encorsetadas

I'll take a corset of your words,
tie them up high, bind them.
You seem like you've always been,
wrote a book that's already been read.

 Emily Jane White - The Demon



Lo descubrí,
lo juro;
encontré lo que quería decir
y juro que valía la pena.

Lo encontré,
lo descubrí;
pero me atan las palabras,
están en mi lengua,
pero me atan;
podría describirlo,
pero estoy atado.


Lo descubrí:
es el silencio,
lo que se escapa
y no se puede decir;
las palabras encorsetadas
no pueden desnudarse de letras,
sólo se comprimen,
sugieren
y no muestran.

Quiero describir algo
que escapa de las palabras;
pero lo descubrí,
juro que lo descubrí.
Si pudiera decirlo,
toda la realidad
estaría descrita
a la perfección;
pero no puedo,
puta madre.

miércoles, 21 de julio de 2010

Templo

Este sueño:
naciste en una isla,
en un volcán;
erupción,
sólo tú sobreviviste
y por eso
no conoces a tu padre.

Tú vuelas,
me conoces,
me hablas
como cuando hacías promesas
que no podías cumplir;
yo te escuchaba,
acariciaba tu mano
en contra del deber.

Naciste en un templo,
eres sagrada,
eras sagrada,
pero profanaste
tus sacras manos;
años de enfermedad
profanaron tu voz,
y yo apenas te recuerdo:
un parque,
tardes lluviosas;
ahora que lo pienso,
pasé mucho tiempo contigo
y apenas te recuerdo,
recuerdo ese tiempo,
la sensación
de buscar algo
en donde sabíamos
que no estaba.

Era una especie rara
de búsqueda
interminable;
material para libros
que nadie leería.
nadie escribiría
y nadie publicaría.

Eras silencio,
pasividad,
signo abierto,
un cero en vez de una o,
tiempo soleado,
colorido,
naranja;
y yo apenas te recuerdo;
apenas recuerdo cómo llegamos a tantos lugares.

martes, 13 de julio de 2010

Pregúntale a Fernanda

Después de responder la carta de la semana, Fernanda Torres —famosa por su sección Pregúntale a Fernanda— se dio cuenta de que el consejo que escribió para desesperada_15 contradecía completamente lo que había dicho acerca del amor adolescente dos semanas antes. Llamó al editor del periódico, pero él le dijo que no se podía detener la imprenta por una adolescente.

Mientras tanto, el dios del destino había predispuesto que Fernanda se cruzara varias veces con el hombre que sería el amor de su vida, con todas las implicaciones que la expresión "amor de su vida" tiene. Fernanda, preocupada, salió de la editorial y caminó hacia el metro. En el camino, su hombro izquierdo chocó con el hombro derecho de un hombre. Él sonrió, pero ella estaba tan preocupada por su contradicción que no se dio cuenta.

Cuando llegó a su departamento, se sirvió por instinto un vaso con agua y hielos; bebió el agua y quedaron los hielos, así que sirvió más agua; bebió el agua, quedaron los hielos, más agua; bebió, hielos, más agua. Recibió una llamada: su amiga Melissa la invitaba a tomar café. Fernanda aceptó. Los cinco vasos de agua tuvieron su efecto sobre la vejiga. Gran prisa; en el camino estrelló su hombro de nuevo con el mismo hombro, pero tenía prisa; él sonrió de nuevo, ella tenía la desbordante necesidad de llegar al café y utilizar el baño. El dios del destino estaba furioso.

Después del baño, el café. Fernanda habló sobre su contradicción, estaba genuinamente preocupada; Melissa no escuchó porque había conocido a un hombre que le parecía apuesto pero todavía quería al novio anterior aunque se acostaba con todas pero es que el nuevo es muy guapo y ya no sé qué hacer porque Alejandro me trató muy mal pero todavía lo quiero. Melissa le preguntó a Fernanda qué hacer. Ella le explicó el problema de las relaciones codependientes y le dio un consejo. Melissa se alejó con una gran alegría, pero Fernanda se dio cuenta de que su consejo también era contradictorio. Llamó a su amiga por teléfono pero no contestó.

Preocupada, caminó de regreso a su casa. En su camino, el hombro chocó de nuevo. Él quería decirle que la encontraba en todos lados, y eso ya no parecía coincidencia. También quería preguntarle su nombre e invitarla a salir, pero Fernanda seguía preocupada por los malos consejos que había dado y no hizo caso. El dios del destino estaba furioso.

martes, 29 de junio de 2010

Madre de las flores

Doña Rocío hablaba con sus flores todas las tardes. Cuando regresaba del trabajo comía, planchaba su uniforme para el día siguiente y salía a su jardín con un vaso de agua con dos hielos —nunca tres; nunca uno—para sentarse en una silla de metal pintado de blanco. Después platicaba con sus flores. La escuché durante muchos años desde mi ventana mientras trataba de estudiar o terminar alguna de mis investigaciones. Siempre hablaba de tonterías superficiales: cómo le fue en el trabajo, la tintorería no ha entregado sus faldas, cuándo le toca verificación al auto, qué bonitas se ven, cuando mi marido vuelva se va a poner muy contento de lo bien que las cuidé. Hasta ese momento me enteré de que la señora alguna vez estuvo casada; siempre había pensado que era una solterona obsesionada con las flores que me regaló un pastel hecho por ella para que lo compartas con alguna muchacha. A partir de ese momento escuchaba con más atención las pláticas que tenía con sus flores. Noté que a veces se quedaba en silencio, como escuchando; como si supiera que yo le ponía atención. 

La última vez que vi a doña Rocío fue en el hospital psiquiátrico de fray Bernardino. Le llevé un pastel para agradecer el que ella me regaló años antes de que se la llevaran. Cuando pregunté por qué se la habían llevado si siempre había estado bien, me explicaron que una compañera del trabajo le dijo que su esposo se había casado con otra poco después de dejarla. A partir de ese momento cayó en depresión. La recuerdo cubierta con una cobija de un color verde horrible, con una taza naranja-opaco, también horrible llena de agua con dos hielos casi derretidos. Solamente hablaba para sí misma, preguntaba una y otra vez por qué sus flores dejaron de contestarle.